Aeroclub Maestrat-Vinaròs

El vuelo hasta Pozo Cañada transcurrió sin problemas. Comunicamos sobre Requena y continuamos la ruta. Pronto desaparecieron las montañas y apareció la inmensa llanura manchega con abundantes aerogeneradores. Tengo la sensación de que cada vez que vengo hay más.

Después de 48 minutos y 127 Km llegamos a Pozo Cañada. Allí nos esperaban el resto de la expedición y nuestro amigo y compañero de otros viajes Antonio Cantos, con su hijo y unos amigos.

El aterrizaje fue divertido, como lo es siempre en este campo. La nave industrial cerca de una cabecera, y los aerogeneradores en la otra, lo hacen ameno. De todas formas si haces las cosas bien, se puede operar en ese campo sin problemas. Se trata de volar concentrado.
Enric con el Zephyr era el que más reservas había mostrado en cuanto a la necesidad de aterrizar allí, ya que la pista no le ofrecía garantías. En cambio fue él quien que hizo la mejor toma, sobrándole media pista.

Ya en el suelo nos avituallamos a base de jamón, queso y vino que junto con la buena compañía hacen de esa comida una de las mejores experiencias del vuelo.

Despegamos después de repostar los aviones y comprobamos que los tres aviones que venimos de Vinaròs hemos gastado aproximadamente lo mismo, unos 12 ó 13 litros por hora. Ahora vuela primero el TL, después el Allegro, el Zephyr y en última posición el CT. Volamos por “la trocha” hacia Beas del Segura y atravesamos la cadena montañosa que separa Albacete de esa zona de Jaén. Para ello tenemos que subir a 5.000 pies.

El tiempo sigue siendo excelente, y a pesar de lo avanzado de la mañana, no notamos casi movimientos térmicos. El paisaje es imponente, con las montañas enfrente y la llanura a nuestra derecha.

Llegamos a las dos de la tarde a Beas, donde nos encontramos con nuestros anfitriones Olga y Manolo, hemos recorrido 135 Km en 48 minutos. El campo de Beas está compuesto por dos largas pistas asfaltadas y unas buenas instalaciones, aunque abandonadas. Nos extraña que un campo como este esté tan vacío e infrautilizado. Apesadumbrados comentamos cómo nosotros, en Vinaròs, operamos en nuestra pista de tierra de 500 m, con un local social “de aquella manera” y unos hangares “decentes”, sin ningún apoyo institucional ni ayuda de ninguna clase, mientras existen aeropuertos costosísimos de construir, completamente abandonados.

Buscamos un bar donde comer. Teníamos entendido que al lado del campo se podía comer, en un restaurante de carretera. Nos dirigimos hacia allí, siendo Vicente el que pregunta en el establecimiento, que por cierto tiene muchas habitaciones y aparatos de aire acondicionado. Una señora le dice muy cariñosamente que no dan comidas. Es evidente que el “servicio” que se ofrece ahí no es el que vamos buscando.

Desde allí partimos deprisa hacia el aeropuerto de Córdoba (LEBA), a ver si llegamos para comer. El recorrido es muy plano pero muy interesante, al menos para mí, ya que la última vez que volé por aquí fue en la Vuelta Ibérica 2003.
Llegamos tarde a Córdoba, al cabo de una hora y 184 Km. Ya no hay nada abierto para comer, así que pedimos taxis y nos vamos al hotel. Hoy ayunaremos (menos mal del jamón y el queso de Pozo Cañada).
El aeropuerto de Córdoba es una “pasada”. Todos alucinamos un poco al poder aterrizar en un aeropuerto de verdad, y nos sentimos un poco más importantes.

Por la tarde visita a Córdoba, y cena en un restaurante de calidad. Comemos en un salón privado viandas exquisitas regadas con buen vino (los que beben vino), hablando de nuestras experiencias de vuelo, el viaje a Sicilia, y recordando amigos comunes como “el hermafrodita”, “el hermano Dalton”, etc...
Enric y yo nos comemos sendos rabos de toro y llegamos a la conclusión de que son los mejores que hemos comido nunca (aunque yo era la primera vez que lo probaba). He cumplido uno de los objetivos personales de este viaje, que era degustar este plato típico de aquí, recomendado en múltiples ocasiones por Miguel, socio del club y natural de esta región.
A la salida del restaurante situado en la judería, nos dirigimos al hotel a pie. Andamos unos cuarenta minutos que nos sientan muy bien. Vamos guiados por un “GPS” con minifalda que nos precede y que curiosamente lleva nuestro rumbo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

<anterior> <siguiente>